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“He caído enfermo en mayo 2011: un linfoma. Generalmente, cuando eso ocurre, decimos: se me va a caer el mundo encima! Yo no lo pensé. No sé porqué. Yo me sentía tranquilo y me decía que se trataba de una enfermedad como tantas.

Hice los ciclos de quimioterapia establecidos y luego entré en el cuarto estéril para el autotrasplante de medula ósea. Fue en ese preciso momento que mi enfermedad fue individuada con precisión: se trataba de un linfoma de células de manto al estadio IV B. Eso significaba que todo mi sistema linfático estaba comprometido! El profesor que me seguía fue claro conmigo: “mira Fabrizio, esta es tu enfermedad, y desgraciadamente es incurable. De toda manera, lo que podemos hacer es mucho, y haremos lo máximo para que tu vivas el más tiempo posible”.

Una vez aprendido de mi enfermedad, como todos, me puse a buscar en el internet de qué se trataba, buscando informaciones y testigos. Fue un desastre.

 En aquel momento, de vez en cuando, me gustaba retirarme del estrés de la vida y pasar unos días en un monasterio benedictino. Cuando me sentía demasiado cansado y agotado, me metía en el coche y me “escapaba” allá. Cogía una habitación para mi y inmergido en el silencio de aquel lugar, pasaba con esos monjes tranquilos y discretos uno días de descanso total.

Hice amistad con uno de ellos, Pierre, y cuando le conté de mi condición, él me propuso el sacramento de los enfermos. Me dijo: “hazlo, es algo bonito. Creo que te va a aliviar en el cuerpo pero sobretodo en el espíritu!”. Acepté su invitación. Tenía solamente que decidir el lugar donde recibir este sacramento.

 En ese mismo periodo, Andrea, un amigo mío, estaba haciendo su primer camino hacia Santiago, en la vía de la Plata, y entonces me dije: “ya, me voy al camino también!”. Mi esposa Dominique no se opuso. Hice inmediatamente el billete de avión. Unos días después estaba en el Camino!

Salía del cuarto estéril, mis defensas inmunitarias eran muy bajas. Tenía que protegerme de los ataques exteriores con una mascarilla quirúrgica, tenía que tener cuidado con las personas y comer alimentos enlatados. Era una “non vida”.

 Mi interés por el camino data de unos años atrás, pero estaba metido en el trabajo hasta el cuello, y partir por un mes era algo imposible que realizar. Recogí todas las informaciones necesarias, y el 6 de mayo del 2012 estaba en Saint Jean Pied de Port, el pueblo situado a los pies de los Pirineos, desde donde empieza el camino francés que va a Santiago de Compostela. Reconozco que tuve un poco de inconsciencia, pero sin esa nunca me hubiera puesto en camino!

 Cuando bajé del avión, me quité la mascarilla y me dije: “ya basta! Ya no soy enfermo”. No es posible vivir un camino, preocupándose de lo que se come, de lo que se hace, de cada lugar en el cual uno se queda. Con todas esas preocupaciones, no se vive llenamente esta experiencia única!

Tengo que ser sincero: el primer día fue talmente duro, que pensaba de morir! Subiendo a la montaña hice un encuentro muy importante. Estaba sentado comiendo algo, cuando se me acercó un hombre: se llamaba Pierre. Desde aquel momento, él nunca me abandonó y me acompañó hasta la plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela.

Quiero decir que a Santiago llegué con mis piernas, con mis fuerzas y mis esfuerzos, pero quiero decir también que fue como llevado, escoltado, cuidado por un grupo de personas. Tuve como la sensación que todos tenían un preciso deber que cumplir: acompañarme a la meta!

 Mientras caminaba, al pasar de los días, me encontraba mejor. Normalmente, caminando aumenta el cansancio. Yo veía personas que abandonaban, que se paraban a causa de los dolores, las ampollas, las tendinitis. Yo no he tenido ningún problema. Me encontraba muy bien!

 Como os he dicho, he partido para recibir el sacramento de los enfermos. Cada tarde, después de un día de camino, iba a la misa, y de vez en cuando solía preguntarle a los curas si había la posibilidad de recibir el sacramento en Santiago. Todos me decían que llegando el mes de junio, hubiera encontrado millares de peregrinos, con la catedral siempre llena de personas. Substancialmente, me habían dicho que era algo imposible. Lo admito, estaba un poco decepcionado pero no tenía otra posibilidad que aceptarlo.

Pero el camino siempre te da lo que necesitas, y un día me alcanzó un chico italiano de Sicilia, en pantaloncillos y camiseta y empezamos a hablar. “Porqué te vas a Santiago?”. Caminando las charlas son fáciles. Le conté mi historia y la razón por la cual me había puesto en camino, y con mi grande sorpresa, este chico era un padre franciscano. Me dijo que el sacramento de los enfermos me lo hubiera dado él mismo en Santiago.

 Así fue: después de haber caminado durante unos días juntos, él me adelantó y me esperó en la ciudad, de manera que cuando llegué a la meta de mi camino, se realizó lo que durante todo mi camino había buscado: fra Michele me dio el sacramento de los enfermos en la Catedral misma de Santiago de Compostela!

La fiesta con los amigos que habían compartido el camino conmigo fue inolvidable, emocionante. Santiago era solamente la primera meta!”.

 

Este es solamente el comienzo de una larga y apasionante historia contada en el libro de Fabrizio Pepini y Massimiliano Cremona titulado “camminare guarisce”, ósea “caminar cura”, salido el año pasado y al momento disponible solamente en italiano.

 

Fotografia de Ornella Gabrielli

 

 

 

Posted in Caminar cura, Camino

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